Ayer llegaba tarde a un concierto por lo que decidí coger un taxi. Levanté la mano, paró y en seguida me subí. Le dije la dirección a la que íbamos, me abroché el cinturón y entré en pánico. Prejuicios, seguro, que después se confirmaron. El taxista era un hombre joven, de unos treinta años, exageradamente musculado, llevaba una camisa algo abierta, una medallita de oro y una bandera de España en el retrovisor. Oí como se cerraban los pestillos del coche.
Al segundo de montarme comenzó a interrogarme sobre a dónde iba, que si había quedado con mi novio y que lo que había que hacer para sacar el país adelante era menos salir a cenar y más quedarse en casa a follar. En ningún momento cogió el camino que le había indicado para llegar a nuestro destino. Insultaba a las motos que se cruzaban y me hizo una larga exposición sobre el asco que le daban las viejas; todo en el tono que os estáis imaginando. A mí a todo esto ya me habían saltado las alarmas desde el minuto uno, me había hecho pequeñita en mi asiento, y medía mucho mis respuestas y mis silencios, cosa que bajo otras circunstancias sin encierro jamás habría hecho. Cada vez que me decía que le diera el número de teléfono, en mi cabeza urdía cientos de planes para las distintas agresiones que me cabía esperar.
Llegamos, le pagó y jugó con cerrarme los pestillos un par de veces cada vez que intentaba abrir la puerta .”Que no te dejo ir si no me dices como te llamas” entre risas. Sonrío incómoda y consigo salir del coche.
Todavía le sigo dando vueltas. La presión que están legitimados a ejercer algunos hombres dentro de la normalidad social. Es normal que un hombre te “seduzca”, que intente ligar contigo, que bromee, que sea caballeroso: le gustas, algo habrás tenido que ver. Pero si tan normal es, ¿Por qué me siento como una maldita mierda? ¿Por qué dejo de ser como soy y de reaccionar como reacciono para pensar unicamente en mi supervivencia? ¿Por qué hablo de supervivencia?
En nuestro mundo los hombres normativos están muy por encima y las normas son diferentes para todxs. Por que lo hombres no temen ser violados, no temen que una taxista les recoja, les cierre los pestillos, conduzca hasta algún sitio alejado y les golpee hasta violarles. No tienen ese miedo, pero nosotras sí. Ese poder es suyo. Y los hombres que tienen presente ese poder sobre las mujeres y saben utilizarlo no hace falta que te follen para ser violadores. Violadores de nuestra libertad, nuestros deseos y nuestra tranquilidad.
¿Exagerada, histérica, loca? Son los adjetivos que pone el patriarcado a las mujeres que nos atrevemos a denunciar el terror que vivimos cuando somos libres e independientes.





