Patricia Kalevala nos folla con su devenir transfeminazi, confuso y placentero.
Transitar por las fronteras del género alegremente es tan divertido como peligroso. Y el peligro no solo es para la butch, la marimacho, la tomboy, la transfémina; el macho históricamente cubierto de privilegios ve tambalear su estatus por culpa de una cresta, de una chupa sintética o de una polla prostética en eterna erección, cual puño fisteador.
Pasar de la feminidad establecida (forjarte una propia, ser un chicazo, jugar con la testo, etc.) es un fascinante fenómeno personal y político que provoca la inmediata aparición de la policía del género, esa insigne institución incorpórea formada por la familia, el entorno académico o el espacio público. Ya lo dicen mis adoradas La Tía Carmen en el temazo Soy una butch: “Me echan del lavabo de tías, ¡cada día es igual!”
Como andrógina precaria y transbutch de coño chorreante, he experimentado en mis bíceps muchos divertidos casos de transfobia y plumofobia, que varían enormemente de intensidad.
Salí del armario como bollera a los trece años, añadiendo otro epíteto a una creciente lista de marginalidades inherentes. Naturalmente, en un pueblo pequeño como en el que yo crecí, la voz se corrió (muahaha) rápidamente y no tardé en tener a mi alrededor una piara de adultxs preocupadísimxs por mi salud mental (¡a tu edad! Pero espera, mujer, eso aún no lo puedes saber). Mi santa madre estaba muy preocupada por mi masculinización y no paraba de señalarme ejemplos televisivos de lipstick lesbians, que eran TÍAS que follaban con TÍAS, pero a tope con el binarismo y claramente femeninas, aunque sin apariencia de putón (hay que hacerse respetar, claro). ¡Cómo iba yo a querer cortarme el pelo y vestir con ropa de tío, cuando la tele me proponía sanos ejemplos de cómo no renunciar a las cosas de chicas!
Ya más entrada la adolescencia, mis colegas solían señalar no sin cierta sorna la pluma que tenían las chavalas que me gustaban, y hacían constar con muchos aspavientos el alocado hecho de que siendo bollera follase con mujeres que parecían hombres. ¡Maldita sea, aclárate, tía!
Entonces llegó el empoderamiento, la conciencia de que una identidad estratégica es eso, estratégica—nunca monolítica y aplastante de tu yo y tus devenires putísticos—, y el mindfuck de mi entorno aumentó más si cabe. En realidad, como deserté de mi familia hace unos años y tengo la inmensa suerte de vivir sola, solo percibo tratos y miradas jocosos cuando salgo de mi burbuja transfeminazi y necesito socializar con ese terrible 99% de población que, como diría Itziar Ziga, acata y por ello nos odia. Con colegas o conocidxs he tenido pocas movidas por estos temas en los últimos años, si bien me parece digno de mención el caso de una compi de facultad que me lió un dramón maribelón cuando le hablé de mi sexualidad y género itinerantes y mi día a día como transbutch de amariconada gesticulación.
La moza en cuestión puso el grito en el cielo, indignada con mis ganas de complicarme la existencia con inventos delirantes, que yo soy una mujer y ya, y que está bien que me acueste con mujeres pero que no abuse de la flexibilidad del género. Luego me habló muy confidentemente de los problemas emocionales de casito que denotaba mi intensa actividad sexual (¡ojalá fuera así de intensa, nenas!), y me mencionó el caso de una amiga suya adicta al sexo que ahora vivía feliz y contenta junto a su novio en Madrid. El testimonio no me pudo parecer más aterrador, ni su actitud más cegata y obsesa del orden.
Pues qué queréis que os diga, yo me lo pasé teta cuando fui de sexilio a Barcelona sin necesidad de pareja estable de ningún tipo.
Al lado del instinto vigilante de la playa que despertamos las transmachorras, también está el de pena (con lo mona que eres y te llenas los brazos de tatuajes…) y el de la confusión, que es mi favorito y uno de los pilares de mi felicidad en cuanto al género. ¡El noble arte del genderfucking, amigas! ¿Qué puede haber más opuesto a la policía del género que alguien que se lo folle y le haga correrse a chorro, como si nuestros dildos estuviesen equipados con un dispositivo GPS que predispone a encontrar la glándula de Anarcha y producir un squirting con poderes lacrimógenos contra el heteropatriarcado?
Confundir es divertidísimo. Gozo como una perra cada vez que unx interlocutorx se aturulla intentando encontrar el pronombre adecuado para dirigirse a mí, o cuando ante la duda usan el masculino por si soy un biomacho de verdad y me ofendo con la feminización léxica. La cantidad de cositas que se aprenden cuando suplantas el género, cuando le das la vuelta o cuando te vengas del machirulo alfa mediante el cloroformo textil que son tus pantalones cagaos.
Y ahora voy a dejar que me seque la laca de uñas antes de plantarme el binder y salir a la calle a perrear. ¡Miau!
Patricia Kalevala (@kalevorroka)





¡Genial!
Muy bueno!
Graaaaaaaaaaaaaaaaaaaande Kalevala!!!!!!!!!!!!!!!